Hay que romper cosas

el ritmo de las mentes viscerales
el lío de las ondas cerebrales
enredo de las estaciones
sin mentir sobre las emociones
las cabezas que van a cien
sin tomar nota de lo zen
cantando lo que las tripas chillan
pidiendo la revolución ya
y sin poner la llamada en espera
defendemos la nueva era,
donde escribir no es un lujo
donde la inspiración del dinero no surge
y los ojos que lo ven todo mandan,
mientras el alma tiene lo que le hace falta.
protejo con el pecho de mi gran talla mi sueño
entre las pesadillas de sudor frío de tener dueño
mi cuello grita para aflojar la correa
y mis puños harán lo que sea
para seguir siendo la rebelde sin causa.
lanzo mi emisión a la masa
los dedos se me han hecho cables
y por ahora decido no morirme antes
de que la marea de nuestra gente
se defienda fieramente
con dientes palos y hogueras
para que vea la madre del pijo
en el castillo de la zona rica
como quema barcelona
para que oiga que no es una broma
y difunda el grito agonizante
del patrón cuando llame
a sus papis mientras se le quema la piel.
la prueba de fuego lo hará fiel
a las promesas dadas anteayer
mientras pensaba como se va a follar a su mujer
cuando por fin el puto pueblo calle.
a todos esto yo voto por el desmadre,
por limpiar la peste con las llamas
para que cuando tenga canas
no me avergüence al decir
a mis chiquillos que me rendí,
que me quedé a medio camino
que me pareció cansino
eso de luchar y demasiado peligroso,
ya que tienen porras los mozos.
prefiero por gritar desencajarme la mandíbula
y con el policía ser un tanto frívola
que no es más que fuerza pura
y aunque se le ponga dura,
mientras me de la paliza,
mi cerebro aún guisa,
algo que el suyo nunca pudo hacer.
soy joven, soy carne de cañón,
soy de los que siempre se comen el marrón,
de los de la chispa de la rebelión
de los que no tienen satisfacción
de las migas de la mesa del señor.
yo quiero el pan entero, caballeros!
o ya se olvidaron de como es comer hasta quedar llenos?

Para, por y en nombre de El Burdel

la bendición de una conexión de cuatro puertos de usb cascados,
los e-mail enredados
y el círculo verde de conectado.
el refugio sostenible encima de los hombros ajenos
cobija
acoge
protege de los malos sueños.
la distancia, que no se guarda nunca, mide un paso
y lleva a otro mundo
que concede asilo sin visado,
abriga con palabras desconocidas, pero ofrece una traducción
de acuerdo con el palpitar de tu vena.
entre las líneas clavadas en el cuerpo de papel,
los sonidos no vocalizados,
las nucas que hablan,
las medio-miradas que gritan de reojo,
se desdibujan las fronteras de la cordura.
aquí,
en el no-lugar,
en el país no reconocido por nadie,
la cortina de humo es el cascabel de la entrada,
el estandarte de estas filas es el grito indio,
el nombre de este bar engaña,
pero invita a cualquiera.
este sitio ya no se alquila,
se ha colectivizado y no tiene padre.
los transeúntes se maravillan por el palacio de los mendigos,
piedra a piedra construido de las letras.
las incesantes, ininteligibles voces de cuentacuentos
se bañan en el eco de un cráneo indefenso,
pero no por ello inocente.
es la coordinación perfecta
del mar, estrellando contra las rocas;
de los pies y un erizo de mar;
el viento y el motor del coche
que va entre los campos de trigo que no pertenecen a nadie.
la coreografía de unas palmas
que nunca dan con el compás.
es el hilo rojo que traza la ciudad
sin piedad,
sin miedo de clavar la aguja en la carne;
es la radical bienvenida con la verdad que estalla cual granada.
la única ley no formulada de este irregular cuadrado
es vivir contusionados.
el código establecido por los impulsos de metáforas arrítmicas
descifra la anatomía de cada mente involuntariamente.
es decir, sin querer.
y, de repente,
de espontaneo,
se entrelazan las raíces,
los padres, de repente, se sorprenden
con la luz inesperada entre los trazos de un tatuaje.
la casa, de repente, rapta rehenes,
el sofá engulle espaldas,
el aire, de repente, vibra
del pin-pong de las ondas cerebrales.
y el sol caldea este inconcebible hasta ahora potaje.
el sudor corre como la victoria,
las quemaduras suben de grado,
los desmayos son más frecuentes.
pero
yo sé
que donde hay calor
hay vida.


Me subiré a tu tejado

Me atraen las alturas inalcanzables
de un volcán durmiendo.
Aspiro a subirme,
seguir con la mirada la frontera del horizonte.
Quiero mezclar mi aliento borracho con el aire puro,
o por lo menos destrozar mis pies en el salto tan alto.
Mi alma,
podrida y necia,
echa tinta por cada grieta.
Deseo saciarme
desangrándome en la cima,
vomitando ríos negros encima del estremecedor paisaje
y temblar ante el miedo de deshacerme en mil trozos de piel quemada.
Ansío esta caminata
con la patética ridiculez
de un anciano sin pantalones en la estación del bus.
Pero de mientras,
escondo mis hombros del sol
entre los muros de la ciudad ajena.
Segura
en sus fraudes de trueque
me corta un dedo por cada año
que paro entre sus límites dibujados con tiza en asfalto.
La piedra labrada siempre lo ofrece todo,
sin prometer nada.
La lava y la roca, impacientes, están en la lista de espera.
Mis pestañas llevan demasiado lastre
para este viaje.

Para ti

Soy plastilina.
Se me pisa la columna vertebral
se me estira agarrando por el cuello
y yo ya no soy yo.
El engranaje de mis huesos ya no existe
la carrera de mi sangre se acabó
salgo por la puerta que no tiene entrada.
La mano de fuerza suficiente para abrir la reja de mis costillas
transforma con una pirueta
lo que era, pero ya no soy.
De puntitas, levitando,
me tuerzo la lengua para no hablar la mía,
pliego los hombros escondiendo el pecho
me tapo la boca
y no respiro.
Desvisto
la carne
de mi muslo interior
y me arrodillo.
Me agachan la cabeza,
crujen mis dedos,
me crecen las garras,
levanto mis patas
y canto.
No.
Grito.
Maullo.
Ladro.
Lloro.
Doy todas las voces que tengo
mientras las vagas orejas perciben
mi alma en el fuerte sonido.
Los lóbulos distraídos palpitan,
aplauden
al desgarrador aullido
al puro exhibicionismo de mi ser falso y desconocido.
Recuerdas,
ligeramente,
las huellas parecidas, dejadas por dentro de tu cráneo.
Te relacionas.
Sufres.
Sientes.
Hueles
lo que palpo yo,
o lo que era yo hace milésimas de segundo.
Caes.
Gritas.
Vuelves.
Ves que mis dedos ahora son tuyos,
te tocas mis muñecas,
sientes tu piel bajo mis yemas,
miras desde dentro de mis pupilas,
sueltas mi lengua en la punta de la tuya,
lates por el impulso de mis venas
mientras te bañas en el derroche de mis palabras...
o de las tuyas?
Eres plastilina.
Se te recluta con una mirada
con un apretón de manos.
Surges a partir de un susurro rondando por la nuca.
Fluyes y cambias con la saliva de la boca que te habla.
Alcanzas sol, mar y montaña
de un empujón de tu grácil director.
Te derrumbas
sobre
mi
espalda.
Y entonces,
se levanta el telón.


HUMAN MODE ON

¿cuál es la temática de este verso?
¿el latir de mi corazón colectivizado?
¿el sufrir de lo que no sé desde el pecho del otro?
¿el sacarle de la tripa lo que más retuerce?
¿el defenderle ante el viento,
el expirarle el aliento
hasta que sus pestañas caigan?

el ritmo apegado a mi mano trenza los hilos.
luego recorta las yemas de mis dedos
y ya son suyas.
mi voz cose la ola de mil bocas susurrando juntas,
militantes entre los golpes secos de un cuerpo mutilado.
sueltas pájaros a la locura azul
y defiendes con dientes al oponente
de una conexión desmembrada
hasta someterte a la risa de la vieja Nemesis.
el agua cae en el ombligo
y desborda los muros de piel.
te chucla para dentro
hasta lo más hondo.
el grito empapa.
el unísono baila entre las costillas.

la nada es un derroche del tiempo

el sueño
amplifica mi hambre.
la columna vertebral
que crece hasta florecer en el pelo rizado
se retuerce del dolor.
dedos machacados
por bailar
en el borde del vaso
esperando la última gota.

Me deporto

Fuera de crear y destruir,
de amar y odiar,
y de otros antónimos insignificantes
me sitúo yo.
Soy un globo
que chupa del aire
para llenar su vientre hueca.
El querer se me ha atrofiado,
pero mis puños aún tienen deseo de romperse los huesos,
de desnudar la carne de la piel,
de liberarse de la uña molesta
y de lavarse con sangre.
Y la parte esta, entre los omóplatos,
donde tengo el sello de la fábrica,
escuece entre las paradas de metro.
También los codos,
con los que me apoyo en la mesa,
con los que sueño romper bocas,
con los que vuelo mientras no hay nadie,
miran en otra dirección.
La nuca, indefensa,
se estremece.

Pero si  me doy al pecho suena eco.